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septiembre 9, 2015 Comentarios

Cómo afectan nuestras expectativas en el desarrollo de nuestros hijos

Construimos expectativas acerca de nuestros hijos, antes incluso de que nazcan. Un ejemplo de ello es la elección del nombre. Las expectativas guardan relación con nuestros deseos. Muchas personas escogen para su hijo el nombre de alguien a quien quieren o admiran y esperan así que su hijo obtenga las cualidades positivas de aquella persona. Otros lo hacen en torno al significado, pensemos por ejemplo en el nombre de Sofía, que en griego significa ‘sabiduría’. Es más que probable que unos padres que escogen para su hija el nombre de Sofía estimulen en su hija la adquisición del conocimiento.

Las expectativas influyen notablemente en la conducta. El sociólogo estadounidense R. K. Merton fue uno de los primeros en explicar este fenómeno a través de lo que él vino a denominar ‘profecía autocumplida’.

Merton lo explicó de la siguiente manera: “La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición «falsa» de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera».”

Supongamos por ejemplo que alguien desata un rumor sobre un banco diciendo que va a quebrar. El banco es solvente pero si la gente cree que el banco va a quebrar comienza sacar su dinero, de manera que al final quiebra. Lo que en principio era un hecho falso, se transforma en verdadero porque las expectativas de las personas generan una conducta que cambia el curso de los acontecimientos.

Los psicólogos se han centrado en el estudio del efecto que las profecías tienen en la identidad, la autoestima, la motivación y la conducta de las personas.

Un tipo concreto de ‘profecías autocumplidas’ de gran relevancia para la psicología es el denominado ‘efecto Pigmalión’.

El ‘efecto Pigmalión’ fue descrito por Rosenthal y Jacobson en 1968, tras un experimento llevado a cabo en un colegio de California. Los investigadores realizaron test de inteligencia a los alumnos del centro educativo. Posteriormente seleccionaron un grupo de estudiantes al azar y les dijeron a los profesores que esos niños tenían una inteligencia, creatividad y capacidades especiales. Seis meses después Rosenthal y Jacobson se encontraron con que aquellos estudiantes etiquetados como especiales habían obtenido un rendimiento académico significativamente superior al de sus compañeros.

¿Cómo se explica el hecho de que un grupo de estudiantes etiquetados al azar como ‘especiales’ obtuvieran mejores resultados que sus compañeros? La respuesta la encontraremos en las expectativas de los profesores. Estos estuvieron más pendientes de los alumnos que habían sido etiquetados al azar como ‘especiales’, pusieron más esmero en su educación que en la de los otros estudiantes. Esta atención especial generaba en los niños autoconfianza y autoestima y un incremento de la motivación por obtener buenos resultados.

Desde los años 60 multitud de estudios han demostrado el impacto del ‘efecto Pigmalión’ en distintos contextos: educativos, laborales y familiares.

Es frecuente observar en los hermanos comportamientos e inquietudes distintas pese a que sus padres creen haberles educado de la misma manera. Supongamos por ejemplo que uno tiene inquietudes y facultades para la ciencia mientras que otro posee talento artístico. Si pudiéramos asomarnos a sus vidas como observadores, es muy probable que a uno le hayan alabado desde muy pequeño cada mínima creación artística mientras que otro ha conseguido el reconocimiento de sus padres a través de los logros académicos. Es muy posible que las expectativas de los padres hayan influido en la motivación, alentando unas conductas en detrimento de otras. Podríamos ir incluso más lejos, afirmando que cada hermano ha complacido así un deseo que en origen no era suyo sino de sus padres.

El problema del ‘efecto Pigmalión’ surge cuando la profecía es negativa para la autoestima de nuestro hijo.

El niño tiene capacidades pero es un vago”. Es la frase que más pronuncian los padres, ante el fracaso escolar de sus hijos. Con el adjetivo de vagos pretenden salvaguardar la autoestima del niño, dejando claro que “su hijo no es tonto”. El problema es que la etiqueta ‘vago’ va transformándose en una profecía que no le saca del fracaso escolar y se va extendiendo a otras áreas de su vida, pues de tanto decirle al niño que es un vago, acaba comportándose como tal.

¿Quizás el lector se pregunte qué puede decir un padre para explicar el bajo rendimiento escolar de su hijo? La respuesta es: ¿Por qué tiene que explicarlo? Por qué no puede simplemente decir, “mi hijo tiene dificultades con las matemáticas”. Cuando nos limitamos a describir lo que pasa sin atribuirlo a rasgos internos, estamos evitando profecías y protegiendo la autoestima de nuestros hijos.

A este respecto, los padres separados tienen que tener especial cuidado con las profecías, pues a menudo las confeccionan en comparación con un atributo negativo de su expareja. Por ejemplo, “vas a ser un vago como tu padre”.

También las expectativas positivas pueden generar estrés en nuestros hijos cuando se formulan de manera que el niño siente que no puede estar a la altura.

Recomendaciones:

  • Intenta ser consciente de tus expectativas, deseos y miedos en relación al futuro de tus hijos.
  • Párate a pensar sobre qué mensajes transmites a tus hijos.
  • No asocies los resultados negativos con rasgos de personalidad de tus hijos con rasgos de personalidad. Por ejemplo, en lugar de decir “eres un mentiroso”, decirle “lo que has dicho es mentira”.
  • Es fundamental no asociar rasgos negativos a la herencia de uno de los progenitores; por ejemplo, “Eres envidiosa como tu madre”.
  • Proponles metas que puedan alcanzar.

Recomendaciones Bibliográficas:

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta


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